jueves, 14 de mayo de 2020

DON DOLINDO RUOTOLO: EL ACTO DE ABANDONO A JESÚS.

DON DOLINDO RUOTOLO: EL ACTO DE ABANDONO A JESÚS. 

Don Dolindo Ruotolo, fue un sacerdote y el terciario franciscano del siglo XX. Nació en Nápoles el 06 de octubre de 1882 de una familia muy pobre, Dolindo, cuyo nombre significa "dolor", Inmediatamente experimentó dolor y sufrimiento: con solo 11 meses fue operado en el dorso de sus manos y poco después se sometió a una cirugía en la mejilla. Sufrió de hambre cuando era niño debido a la precaria situación económica con la que tuvo que lidiar con la gran familia de 11 hermanos. Tras la separación de la Los padresa la edad de 14 años, Dolindo fue enviado a la Escuela Apostólica de los Sacerdotes de la Misión, donde tomó sus votos y se convirtió en un ardiente sacerdote de amor por Cristo.

El sufrimiento caracterizó toda su existencia, incluido el período del seminario y el de los sacerdotes: de hecho fue acusado de ser un "hereje formal y dogmático", fue suspendido de un divinis y sometido a experiencia psiquiátrica, de la cual estaba sano, expulsado de su congregación y sometido a exorcismo, fue sometido a juicios y condenas y fue rehabilitado definitivamente el 17 de julio de 1937, a la edad de 55 años en Nápoles, en la iglesia de San Giuseppe dei Nudi, donde continuó su vida sacerdotal y compuso escritos autobiográficos y doctrina cristiana.

Perfume de santidad

Don Dolindo se distinguió por su completa confianza en Dios, su mansedumbre, profunda humildad, amor a la verdad y paciencia heroica, virtudes que le permitieron luchar contra toda adversidad. Su amor por Dios y por la Iglesia fue tan fuerte que el 9 de junio de 1910, antes del Santísimo Sacramento, se inmoló ante Dios como víctima del iglesia y para sacerdotes. Sus días comenzaron muy temprano, a las 2.30 de la mañana y terminaron muy tarde, a veces incluso a la medianoche y se dedicaron por completo a Dios y al prójimo, con la recitación de numerosos rosarios y oraciones, con el estudio de textos sagrados y con dedicación a los pobres y enfermos.

Acto de abandono a Jesús

Muchas de sus obras fueron escritas en honor a Jesús, un Santísima María y en el Espíritu santo pero el más conocido es seguramente "el Acto de abandono en Jesús (contra las ansiedades y las aflicciones) ". Con él, el humilde sacerdote nos invita a no tener fe en nuestras fuerzas débiles, a no desanimarnos en las dificultades de la vida, sino a presentarles con humildad y completo abandono a Jesús confiando en su infinito amor por nosotros, permitiéndole cuidar totalmente de nosotros.

Hubo muchos curaciones y los favores obtenidos por las personas pobres que siguieron el consejo de Don Dolindo, en particular para las personas que se abandonaron a la Divina Providencia, testificando así el poder de la gracia que tal acto de abandono puede otorgar.

Jesús piensa en eso

Jesús le dijo al humilde sacerdote:

“¿Por qué estás confundido por preocuparte? Déjame el cuidado de tus asuntos y todo se calmará. Te digo la verdad que cada acto de abandono verdadero, ciego y completo hacia Mí produce el efecto que deseas y resuelve todas las situaciones difíciles.

Rendirse a Mí no significa enojarse, enojarse y desesperarse, luego volverse hacia Mí uno oración agitado porque te seguiré, y así cambiaré la agitación en la oración. Abandonarse a sí mismo significa cerrar plácidamente los ojos del alma, apartar el pensamiento de la tribulación y entregarse a Mí para que solo Yo los haga encontrar, como niños dormidos en los brazos de la madre, en la otra orilla. Lo que te molesta y te hiere inmensamente es tu razonamiento, tu pensamiento, tu molestia y tu disposición a toda costa para proveer lo que te aflige.

¡Cuántas cosas trabajo cuando el alma, tanto en sus necesidades espirituales como materiales, se vuelve hacia Mí, me mira y me dice: "PIENSA EN ELLA", cierra los ojos y descansa! Tienes pocas gracias cuando regañas para producirlas, tienes muchas cuando la oración me es encomendada por completo. Tu dolor reza porque yo trabajo, pero porque trabajo como crees ...

No te vuelvas a Mí, pero quieres que me adapte a tus ideas; Usted no está enfermo si le pide tratamiento al médico, pero si se lo sugiere. No hagas esto, pero reza como te enseñé en el Padrenuestro: "Santificado sea tu nombre", es decir, glorifícate en mi necesidad; "Venga tu reino", es decir, todos contribuyen a tu reino en nosotros y en el mundo; "Hágase tu voluntad", es decir, piense, si realmente me dice: "Hágase tu voluntad", que es lo mismo que decir: "PIENSA EN TI", intervengo con toda mi omnipotencia y resuelvo las situaciones más cerradas. Aquí, ¿ves que la enfermedad está presionando en lugar de decaer? No se enoje, cierre los ojos y dígame con confianza: "Hágase tu voluntad, PIENSE EN ELLA". Te digo que lo pienso, que intervengo como médico, y también hago un milagro cuando sea necesario ¿Ves que la persona enferma está empeorando? No se enoje, pero cierre los ojos y diga: "PIENSE EN ELLO". Te digo que lo pienso.

La preocupación, la agitación y el deseo de pensar en las consecuencias de un hecho están en contra del abandono. Es como la confusión que traen los niños, que esperan que la madre piense en sus necesidades, y quieren pensar en ello, lo que dificulta su trabajo con sus ideas y sus sentimientos infantiles.

Solo pienso en ello cuando cierras los ojos. No duermes, quieres evaluarlo todo, escudriñarlo todo, confiando solo en los hombres. Eres insomne, quieres evaluarlo todo, escudriñarlo todo, pensar por completo y, por lo tanto, abandonarte a las fuerzas humanas, o peor a los hombres, confiando en su intervención. Esto es lo que dificulta mis palabras y mis puntos de vista.

¡Oh, cómo deseo que te abandone para beneficiarte, y cómo me emociona verte agitada! Satanás tiende precisamente a esto: agitarlo para alejarlo de Mi acción y arrojarlo a las iniciativas humanas. Por lo tanto, confía solo en Mí, descansa en Mí, ríndete a Mí en todo. Trabajo milagros en proporción al abandono total en Mí, y a no pensar en ti; ¡Extiendo tesoros de gracia cuando estás en la pobreza total! Si tienes tus recursos, aunque solo sea un poco, o si los estás buscando, estás en el campo natural y, por lo tanto, sigues el camino natural de las cosas, que a menudo se ve obstaculizado por Satanás. Ningún razonador o meditador ha hecho milagros, ni siquiera entre los Santos. Quien se abandona a Dios trabaja divinamente.

Cuando vea que las cosas se complican, diga con los ojos cerrados: “¡JESÚS! PIENSE ". Y distraete, porque tu mente es aguda ... y es difícil para ti ver el mal. Confía en mí a menudo, distrayéndote a ti mismo. Haz esto para todas tus necesidades. Haz esto todos, y verás grandes, continuos y silenciosos milagros. Te juro por mi amor. Lo pensaré Ora siempre con esta disposición de abandono, y tendrás una gran paz y un gran fruto, incluso cuando te dé la gracia de la inmolación de la reparación y del amor que impone el sufrimiento. ¿Te parece imposible? Cierra los ojos y di con toda tu alma: "JESÚS PIENSA".

No te preocupes, yo me encargaré. Y bendecirás Mi nombre humillándote. Mil oraciones no valen un solo acto de abandono seguro: recuérdalo bien. No hay novena más efectiva que esta: ¡Oh Jesús, estoy abandonado a ti, piensa en ello!

viernes, 17 de abril de 2020

Don Juan Sáez

Juventud

Juan Sáez Hurtado nace en Alcantarilla en una familia modesta y religiosa. Su padre es periodista en un semanario regional y su madre es ama de casa. Es el último y tercer hijo de la familia. El fervor religioso está en lo profundo del hogar y desde muy joven, se envía a la escuela de las Hermanas Salesianas de lo Sagrado Corazón de jesus. Es recibido allí por la Madre Fundadora, la Beata Piedad de la Cruz Ortíz Real. Los últimos años de su vida, Juan Sáez Hurtado aportará su testimonio en la investigación diocesana de la causa en beatificación de la Madre Piedad. De hecho, ella jugará un papel importante en su infancia, primero como directora de la escuela donde era externo, y en su vocación religiosa. Ella alentó su vcación de sacerdote.

Juan Sáez Hurtado ingresó en el seminario de San Fulgencio de Murcia el 1 de octubre de 1910, cuando aún no tenía trece años. Se distingue rápidamente de sus compañeros de clase por su afán en la oración, el estudio, la disciplina y la discreción. Será muy apreciado por sus superiores. Su fervor fue tal que se le encomendó el cuidado de la capilla del seminario. Uno de sus amigos más íntimos, el padre Pablo Menor, dice de él: En los años 1910 a 1917, en el seminario, Juan fue un modelo para quienes aspiraban al sacerdocio, despertando la admiración de todos. Cuando acabo de cumplir los ochenta, fue la única vez en mi vida que vi la expresión de la perfección evangélica en alguien.

Sus inicios sacerdotales

Juan Sáez Hurtado fue ordenado sacerdote el 26 de mayo de 1923 por el obispo de Cartagena, Vicente Alonso y Salgado, en la capilla del Palacio Episcopal de Murcia. Celebró su primera misa el 17 de junio en la iglesia de San Pedro de Alcantarilla. Su primer cargo fue padre coadjutor de la parroquia de Molina de Segura. Solo permaneció allí durante un año, pero fue suficiente para que los fieles le recordaran como un sacerdote cercano a la gente, simple y atento a los pobres. Incluso creará el Oratorio de San Luis Gonzaga para los jóvenes de Molina.

En 1924, fue nombrado rector de la parroquia de Bormate, en la provincia de Albacete. Además de la oficina de los feligreses, también será el capellán de una comunidad de religiosos. Sus virtudes humanas y espirituales le dan una vez más la simpatía de los fieles, y es a menudo llamado el "santo cura de Bormate".

De 1929 a 1932, Juan Sáez Hurtado fue nombrado administrador de la parroquia de La Gineta. Su actividad se destacó por sus acciones en favor de los más necesitados y su dedicación a los niños y jóvenes. Allí, se le llama el "buen sacerdote". Cumplirá las mismas funciones en la parroquia de Beniaján desde 1932 hasta 1936.

Durante la Guerra Civil Español

En julio de 1936, Juan Sáez Hurtado fue nombrado párroco de la parroquia de San Jun Bautista de Alquerías, en la provincia de Murcia. Unas semanas más tarde, estalló la Guerra Civil Española y las persecuciones contra el clero, en la zona republicana, se desataron. Para evitar poner en peligro la vida de sus feligreses, Juan Sáez Hurtado se refugia en su pueblo natal, en Alcantarilla.

A pesar de las redadas y las incursiones de los milicianos en Alcantarilla, el padre Sáez nunca fue descubierto. Ariesgando su vida continuó ejerciendo su ministerio sacerdotal en secreto, celebrando la misa. Confesando y repartiendo los sacramentos en el hogar familiar. Sacerdotes, monjas y especialmente feligreses de Molina de Segura vinieron a buscar refugio con él.

Años 1940-1950

En 1939, Juan Sáez Hurtado fue nombrado administrador de la parroquia de San Cristóbal de Lorca. En 1940, una mujer se le acerca y le pide su intercesión para que tenga un hijo y sobreviva. Había tenido cuatro hijos, pero todos murieron a una edad temprana. El padre Sáez la consoló y le dijo que tendría un hijo, que sobreviviría, y quién se convertiría en sacerdote. De hecho, todo salió bien y el niño, llamado Ramón Fernández Miñarro, se convirtió en el párroco de San Juan Bautista de Aquerías.

De 1941 a 1945, Juan Sáez Hurtado fue designado para la parroquia de Torreagüerra. Trabajó para ayudar a las personas que sufrían la miseria material y espiritual después de los desastres causados ​​por la guerra civil. Destinado como ecónomo de Aljucer, fue finalmente párroco de Nuestra Señora de los Dolores desde julio de 1945 hasta marzo de 1950. Al igual que en su última parroquia, ayudó a los más necesitados, a las familias arruinadas por la guerra, reorganizó la parroquia y dinamizó la vida religiosa después de las persecuciones contra el clero. Considerado como santo, los feligreses de Aljucer dicen que están orgullosos de haberlo contado entre sus sacerdotes.

Juan Sáez Hurtado lleva una vida austera y sus muchas trabajos le fatigan. En 1949 y 1950, se retiró por unos días al monasterio de la Luz para descansar y dedicarse por completo a la oración y al retiro espiritual. Al mismo tiempo, servirá como capellán de las Hermanas de Cristo crucificadas en el Convento de Villa Pilar. Muchas monjas testificaron en su proceso de beatificación para describir cuán fervientemente oró y celebró la misa, y para informar sobre la guía espiritual que recibieron. En 1950, sus superiores lo trasladaron a Beniaján como administrador. Una vez más, realizó muchas obras en favor los feligreses más pobres.

Años 1960-1970

En 1955, fue nombrado párroco de la parroquia de San Pablo de Abarán. Juan Sáez Hurtado alentó la Acción Católica, especialmente para jóvenes y mujeres. Visitando a los pobres y los enfermos con mucha frecuencia, realizaba obras de caridad. Es más, sus cursos de predicación y catecismo tuvieron mucho éxito, y sus Misas y sus ratos de confesión atrajeron a muchos fieles. De hecho, impulsó la práctica religiosa de sus feligreses, alentándolos a una vida espiritual más sincera. A partir de la década de 1960, su dinámico ministerio sacerdotal deteriora su salud y en 1964 sufre una hernia discal. En 1972, abandonó Abarán.

Juan Sáez Hurtado es nombrado entonces confesor y sacristán de la Catedral de Murcia. A partir de entonces, está enfermo y lleva una vida discreta. Sin embargo, celebró en 1973 su Jubileo de Oro Sacerdotal, con motivo del quincuagésimo aniversario de su ordenación, en Abarán. Fue una gran manifestación de cariño que le manifestaron sus feligreses de Abarán.

Enfermedad y deceso

A pesar de su discreto ministerio en la catedral de Murcia, los días en el confesionario son largos y agotadores, y los fieles se reparten todo el día para recibir su absolución o sus consejos. Su salud se deteriora cada vez más, se ve obligado a ser hospitalizado en El Palmar. Fue allí donde murió el 8 de agosto de 1982, alrededor del mediodía. Sus últimas palabras fueron una invocación a la Virgen María: "¡Mi madre! "

Su funeral se celebró en Alcantarilla, con la asistencia de varios miles de fieles, al día siguiente.


BEATIFICACIÓN. 

El 9 de julio de 1993, la Congregación para las Causas de los Santos autorizó a la diócesis de Cartagena a iniciar el procedimiento de beatificación y canonización de Juan Sáez Hurtado. La investigación diocesana terminó el 18 de diciembre de 1998 y fue enviada a Roma para ser estudiada por la Santa Sede.


El 20 de enero de 2017, el Papa Francisco reconoce la heroicidad de sus virtudes y le declara venerable.



martes, 7 de abril de 2020

El Tribunal Supremo australiano anula por unanimidad la condena contra el cardenal Pell.

El Tribunal Supremo australiano ha anulado con la unanimidad de los siete jueces la decisión del Tribunal de Victoria de rechazar la apelación del cardenal George Pell contra la sentencia que le condenó a seis años de cárcel por abuso de menores. En consecuencia, el purpurado australiano, de 78 años de edad, abandonó a las pocas horas la prisión de máxima seguridad de Barwon, a la que fue trasladado en enero cuando se descubrió un dron sobre la cárcel de Melbourne donde se encontraba.

La decisión del Tribunal Supremo fue comunicada por la juez Susan Kiefel pocos minutos después de las diez de la mañana (hora local) de este martes en el edificio de la sede judicial, ante un escaso público: siete periodistas y dos abogados. No hay apelación posible, por lo que el asunto queda definitivamente zanjado y el cardenal exonerado de toda culpa.


Un delito física y cronológicamente imposible:

Pell fue condenado en enero de 2019 a seis años de prisión por delitos de agresión sexual contra dos niños de 13 años que formaban parte del coro de la catedral de Melbourne en 1996, cuando fue nombrado arzobispo de la diócesis. Al haber fallecido en 2014 por sobredosis una de las supuestas víctimas (que nunca declaró haber sido atacado), la condena se basó exclusivamente en el testimonio de la otra.

El cargo principal era una felación que el cardenal (todavía revestido para decir misa) habría obligado al chico a practicarle en los cinco minutos posteriores a una de sus primeras misas dominicales en el templo, en la sacristía donde se desvestían todos los participantes en la ceremonia, y con la puerta abierta.

Más de veinte testigos, entre ellos el maestro de ceremonias, monseñor Charles Portelli, y el sacristán de la catedral, Max Potter, declararon que siempre acompañaban al obispo al finalizar las funciones litúrgicas, y que la sacristía era un lugar de continua entrada y salida de personas tras la liturgia dominical, lo que en cualquier caso hacía absolutamente inverosímil que aquel lugar y aquel momentos fueran elegido como lugar para un acto de esta naturaleza.

Esa imposibilidad física y cronológica fue corroborada mediante una reconstrucción de los hechos por el periodista Andrew Bolt, de Sky Australia, una cadena no precisamente favorable al cardenal. Además, durante el reconocimiento de la sacristía practicado por el denunciante, éste afirmó recordar elementos mobiliarios -como una pequeña cocina- que se instalaron allí después de 1996.

Sin embargo, el tribunal consideró creíble y veraz la declaración de la supuesta víctima, y sobre ese fundamento condenó a Pell. (Hay que señalar que el cardenal había sido previamente absuelto de todo ello, pero se ordenó repetir el juicio, siendo entonces condenado.)

Rotunda sentencia del Tribunal Supremo

En la apelación ante el Tribunal de Victoria, el 21 de agosto, uno de los jueces subrayó estas incoherencias al votar a favor del cardenal, pero quedó en minoría. Ahora el Tribunal Supremo ha venido a darle la razón, al establecer que los jueces de apelación debieron estimar los argumentos de la defensa. 

Según la sentencia dada a conocer este martes, el Tribunal Supremo ha entendido que el Tribunal de Victoria, "actuando racionalmente ante la totalidad de la prueba, debió haber mantenido una duda sobre la culpabilidad del acusado respecto a cada uno de los delitos de los que se le acusaba, ordenando la anulación de las condenas y sustituyéndolas por absoluciones".

"Había una razonable posibilidad", insisten, "de que el delito no hubiese tenido lugar, por lo que debería haber habido una duda razonable sobre la culpabilidad del acusado".

¿Y por qué había esa razonable posibilidad? Lo dice también la sentencia, al recoger uno de los hechos más sorprendentes del juicio: que la acusación no intentase en ningún momento contrarrestar la declaración de los testigos de la defensa.

En efecto, como se encargaron de destacar el pasado 11 de marzo los abogados de Pell ante los jueces que ahora les han dado la razón, durante el juicio todos los testigos los presentó la defensa... y la acusación nunca intentó desacreditarlos. 

Por tanto, aun si se diese por veraz el testimonio de la víctima, el fiscal no había hecho nada por desmentir los hechos que se desprendían de las declaraciones de los testigos. Que son, tal como recoge la sentencia: 1) que el acusado solía saludar a quienes habían ido a misa en la misma catedral o a unos pasos de ella; 2) que forma parte de la liturgia de la Iglesia que el arzobispos siempre esté acompañado en el interior de la catedral mientras tenga puestas las vestiduras litúrgicas; 3) que la sacristía era un lugar de continua entrada y salida de personas durante los diez o quince minutos posteriores a la procesión de salida de la misa solemne dominical.

La sentencia dada a conocer este martes concluye citando en su apoyo dos precedentes de sentencia de 1991 y 1994 que establecen como razón para anular una condena "la significativa posibilidad de que una persona inocente haya sido condenada con unas pruebas que no establecían la culpabilidad con el grado de prueba requerido".

lunes, 6 de abril de 2020

MENSAJE DE SAN JUAN PABLO II EN LA CUARESMA DE 2005

MENSAJE DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II
PARA LA CUARESMA 2005

 

¡Queridos Hermanos y Hermanas!

1. Cada año, la Cuaresma nos propone un tiempo propicio para intensificar la oración y la penitencia y para abrir el corazón a la acogida dócil de la voluntad divina. Ella nos invita a recorrer un itinerario espiritual que nos prepara a revivir el gran misterio de la muerte y resurrección de Jesucristo, ante todo mediante la escucha asidua de la Palabra de Dios y la práctica más intensa de la mortificación, gracias a la cual podemos ayudar con mayor generosidad al prójimo necesitado.

Es mi deseo proponer este año a vuestra atención, amados Hermanos y Hermanas, un tema de gran actualidad, ilustrado apropiadamente por estos versículos del libro del Deuteronomio: “En Él está tu vida, así como la prolongación de tus días” (Dt 30,20). Son palabras que Moisés dirige al pueblo invitándolo a estrechar la alianza con el Señor en el país de Moab, “Escoge la vida, para que vivas, tú y tu descendencia, amando al Señor tu Dios, escuchando su voz, viviendo unido a Él” (Dt 30, 19-20). La fidelidad a esta alianza divina, constituye para Israel una garantía de futuro, “mientras habites en la tierra que el Señor juró dar a tus padres Abrahán, Isaac y Jacob” (Dt 30,20). Llegar a la edad madura es, en la visual bíblica, signo de la bendición y de la benevolencia del Altísimo. La longevidad se presenta de este modo, como un especial don divino.

Desearía que durante la Cuaresma pudiéramos reflexionar sobre este tema. Ello nos ayudará a alcanzar una mayor comprensión de la función que las personas ancianas están llamadas a ejercer en la sociedad y en la Iglesia, y, de este modo, disponer también nuestro espíritu a la afectuosa acogida que a éstos se debe. En la sociedad moderna, gracias a la contribución de la ciencia y de la medicina, estamos asistiendo a una prolongación de la vida humana y a un consiguiente incremento del número de las personas ancianas. Todo ello solicita una atención más específica al mundo de la llamada "tercera edad”, con el fin de ayudar a estas personas a vivir sus grandes potencialidades con mayor plenitud, poniéndolas al servicio de toda la comunidad. El cuidado de las personas ancianas, sobre todo cuando atraviesan momentos difíciles, debe estar en el centro de interés de todos los fieles, especialmente de las comunidades eclesiales de las sociedades occidentales, donde dicha realidad se encuentra presente en modo particular.

2. La vida del hombre es un don precioso que hay que amar y defender en cada fase. El mandamiento "No matarás", exige siempre el respeto y la promoción de la vida, desde su principio hasta su ocaso natural. Es un mandamiento que no pierde su vigencia ante la presencia de las enfermedades, y cuando el debilitamiento de las fuerzas reduce la autonomía del ser humano. Si el envejecimiento, con sus inevitables condicionamientos, es acogido serenamente a la luz de la fe, puede convertirse en una ocasión maravillosa para comprender y vivir el misterio de la Cruz, que da un sentido completo a la existencia humana.  

Es en esta perspectiva que el anciano necesita ser comprendido y ayudado. Deseo expresar mi estima a cuantos trabajan con denuedo por afrontar estas exigencias y os exhorto a todos, amadísimos hermanos y hermanas, a aprovechar esta Cuaresma para ofrecer también vuestra generosa contribución personal. Vuestra ayuda permitirá a muchos ancianos que no se sientan un peso para la comunidad o, incluso, para sus propias familias, y evitará que vivan en una situación de soledad, que los expone fácilmente a la tentación de encerrarse en sí mismos y al desánimo.

Hay que hacer crecer en la opinión pública la conciencia de que los ancianos constituyen, en todo caso, un gran valor que debe ser debidamente apreciado y acogido. Deben ser incrementadas, por tanto, las ayudas económicas y las iniciativas legislativas que eviten su exclusión de la vida social. Es justo señalar que, en las últimas décadas, la sociedad está prestando mayor atención a sus exigencias, y que la medicina ha desarrollado terapias paliativas que, con una visión integral del ser humano, resultan particularmente beneficiosas para los enfermos.

3. El mayor tiempo a disposición en esta fase de la existencia, brinda a las personas ancianas la oportunidad de afrontar interrogantes existenciales, que quizás habían sido descuidados anteriormente por la prioridad que se otorgaba a cuestiones consideradas más apremiantes. La conciencia de la cercanía de la meta final, induce al anciano a concentrarse en lo esencial, en aquello que el paso de los años no destruye.

Es precisamente por esta condición, que el anciano puede desarrollar una gran función en la sociedad. Si es cierto que el hombre vive de la herencia de quien le ha precedido, y su futuro depende de manera determinante de cómo le han sido transmitidos los valores de la cultura del pueblo al que pertenece, la sabiduría y la experiencia de los ancianos pueden iluminar el camino del hombre en la vía del progreso hacia una forma de civilización cada vez más plena.  

¡Qué importante es descubrir este recíproco enriquecimiento entre las distintas generaciones! La Cuaresma, con su fuerte llamada a la conversión y a la solidaridad, nos ayuda este año a reflexionar sobre estos importantes temas que atañen a todos. ¿Qué sucedería si el Pueblo de Dios cediera a una cierta mentalidad actual que considera casi inútiles a estos hermanos nuestros, cuando merman sus capacidades por los achaques de la edad o de la enfermedad? ¡Qué diferentes serán nuestras comunidades si, a partir de la familia, trataremos de mantenernos siempre con actitud abierta y acogedora hacia ellos!

4. Queridos Hermanos y Hermanas, durante la Cuaresma, ayudados por la Palabra de Dios, meditemos cuán importante es que cada comunidad acompañe con comprensión y con cariño a aquellos hermanos y hermanas que envejecen. Además, todos debemos acostumbrarnos a pensar con confianza en el misterio de la muerte, para que el encuentro definitivo con Dios acontezca en un clima de paz interior, en la certeza que nos acogerá Aquel "que me ha tejido en el vientre de mi madre" (Sal 139,13b), y nos ha creado "a su imagen y semejanza" (Gn l, 26).

María, nuestra guía en el itinerario cuaresmal, conduzca a todos los creyentes, especialmente a las personas ancianas, a un conocimiento cada vez más profundo de Cristo muerto y resucitado, razón última de nuestra existencia. Ella, la fiel sierva de su divino Hijo, junto a Santa Ana y a San Joaquín, intercedan por cada uno de nosotros “ahora y en la hora de nuestra muerte."

Con afecto os imparto mi Bendición.  

Vaticano, 8 de septiembre de 2004

IOANNES PAULUS PP II



viernes, 27 de marzo de 2020

Papa Francisco dona 30 respiradores para enfermos de coronavirus.

El Papa Francisco donó 30 respiradores para que sean distribuidos en los hospitales que atienden a los enfermos de coronavirus, una pandemia que en Italia ha infectado a más de 74.300 personas y provocado la muerte de más de 7.500.

La Limosnería Apostólica informó que “en la tarde de hoy, el Santo Padre ha confiado 30 respiradores adquiridos en los días pasados” para que sean donados “a algunas estructuras hospitalarias en las zonas más golpeadas por la pandemia del COVID-19”.

Los centros de salud que recibirán los respiradores serán determinados en los próximos días, indicó en su comunicado emitido este 26 de marzo.

Desde su aparición en la provincia china de Wuhan en enero, el Papa Francisco ha expresado su cercanía a las personas afectadas por este nuevo tipo de coronavirus.

Asimismo, ha llamado a los sacerdotes a llevar los sacramentos a estas personas y ha convocado a jornadas de oración por el fin de la pandemia, como el rezo del Padre Nuestro ayer 25 de marzo. La semana pasada se unió al rezo del Santo Rosario convocado por los obispos italianos y mañana dará la bendición Urbi et Orbi desde la Plaza de San Pedro.

Francisco también donó hace poco unos 200 litros de leche para las personas necesitadas de Roma y que se han visto afectadas por las medidas restrictivas dictadas por las autoridades para frenar el contagio del COVID-19.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el nuevo coronavirus ha infectado a más de 460 mil personas, de los cuales más de 20.800 han fallecido.



Bendición Urbi et Orbi. Papa: “la oración es nuestra arma vencedora”


«Al atardecer» (Mc 4,35). Así comienza el Evangelio que hemos escuchado. Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: “perecemos” (cf. v. 38), también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino sólo juntos.

Es fácil identificarnos con esta historia, lo difícil es entender la actitud de Jesús. Mientras los discípulos, lógicamente, estaban alarmados y desesperados, Él permanecía en popa, propio en la parte de la barca que primero se hunde. Y, ¿qué hace? A pesar del ajetreo y el bullicio, dormía tranquilo, confiado en el Padre —es la única vez en el Evangelio que Jesús aparece durmiendo—. Después de que lo despertaran y que calmara el viento y las aguas, se dirigió a los discípulos con un tono de reproche: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?» (v. 40).

Tratemos de entenderlo. ¿En qué consiste la falta de fe de los discípulos que se contrapone a la confianza de Jesús? Ellos no habían dejado de creer en Él; de hecho, lo invocaron. Pero veamos cómo lo invocan: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?» (v. 38). No te importa: pensaron que Jesús se desinteresaba de ellos, que no les prestaba atención. Entre nosotros, en nuestras familias, lo que más duele es cuando escuchamos decir: “¿Es que no te importo?”. Es una frase que lastima y desata tormentas en el corazón. También habrá sacudido a Jesús, porque a Él le importamos más que a nadie. De hecho, una vez invocado, salva a sus discípulos desconfiados.

La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad. La tempestad pone al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas “salvadoras”, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos así de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad.

Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, esta tarde tu Palabra nos interpela se dirige a todos. En nuestro mundo, que Tú amas más que nosotros, hemos avanzado rápidamente, sintiéndonos fuertes y capaces de todo. Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa. No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo. Ahora, mientras estamos en mares agitados, te suplicamos: “Despierta, Señor”.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, nos diriges una llamada, una llamada a la fe. Que no es tanto creer que Tú existes, sino ir hacia ti y confiar en ti. En esta Cuaresma resuena tu llamada urgente: “Convertíos”, «volved a mí de todo corazón» (Jl 2,12). Nos llamas a tomar este tiempo de prueba como un momento de elección. No es el momento de tu juicio, sino de nuestro juicio: el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es. Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás. Y podemos mirar a tantos compañeros de viaje que son ejemplares, pues, ante el miedo, han reaccionado dando la propia vida. Es la fuerza operante del Espíritu derramada y plasmada en valientes y generosas entregas. Es la vida del Espíritu capaz de rescatar, valorar y mostrar cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes —corrientemente olvidadas— que no aparecen en portadas de diarios y de revistas, ni en las grandes pasarelas del último show pero, sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia: médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos pero tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo. Frente al sufrimiento, donde se mide el verdadero desarrollo de nuestros pueblos, descubrimos y experimentamos la oración sacerdotal de Jesús: «Que todos sean uno» (Jn 17,21). Cuánta gente cada día demuestra paciencia e infunde esperanza, cuidándose de no sembrar pánico sino corresponsabilidad. Cuántos padres, madres, abuelos y abuelas, docentes muestran a nuestros niños, con gestos pequeños y cotidianos, cómo enfrentar y transitar una crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la oración. Cuántas personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos. La oración y el servicio silencioso son nuestras armas vencedoras.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». El comienzo de la fe es saber que necesitamos la salvación. No somos autosuficientes; solos, solos, nos hundimos. Necesitamos al Señor como los antiguos marineros las estrellas. Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Entreguémosle nuestros temores, para que los venza. Al igual que los discípulos, experimentaremos que, con Él a bordo, no se naufraga. Porque esta es la fuerza de Dios: convertir en algo bueno todo lo que nos sucede, incluso lo malo. Él trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere.

El Señor nos interpela y, en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas horas donde todo parece naufragar. El Señor se despierta para despertar y avivar nuestra fe pascual. Tenemos un ancla: en su Cruz hemos sido salvados. Tenemos un timón: en su Cruz hemos sido rescatados. Tenemos una esperanza: en su Cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su amor redentor. En medio del aislamiento donde estamos sufriendo la falta de los afectos y de los encuentros, experimentando la carencia de tantas cosas, escuchemos una vez más el anuncio que nos salva: ha resucitado y vive a nuestro lado. El Señor nos interpela desde su Cruz a reencontrar la vida que nos espera, a mirar a aquellos que nos reclaman, a potenciar, reconocer e incentivar la gracia que nos habita. No apaguemos la llama humeante (cf. Is 42,3), que nunca enferma, y dejemos que reavive la esperanza.

Abrazar su Cruz es animarse a abrazar todas las contrariedades del tiempo presente, abandonando por un instante nuestro afán de omnipotencia y posesión para darle espacio a la creatividad que sólo el Espíritu es capaz de suscitar. Es animarse a motivar espacios donde todos puedan sentirse convocados y permitir nuevas formas de hospitalidad, de fraternidad y de solidaridad. En su Cruz hemos sido salvados para hospedar la esperanza y dejar que sea ella quien fortalezca y sostenga todas las medidas y caminos posibles que nos ayuden a cuidarnos y a cuidar. Abrazar al Señor para abrazar la esperanza. Esta es la fuerza de la fe, que libera del miedo y da esperanza.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Queridos hermanos y hermanas: Desde este lugar, que narra la fe pétrea de Pedro, esta tarde me gustaría confiarlos a todos al Señor, a través de la intercesión de la Virgen, salud de su pueblo, estrella del mar tempestuoso. Desde esta columnata que abraza a Roma y al mundo, descienda sobre vosotros, como un abrazo consolador, la bendición de Dios. Señor, bendice al mundo, da salud a los cuerpos y consuela los corazones. Nos pides que no sintamos temor. Pero nuestra fe es débil y tenemos miedo. Mas tú, Señor, no nos abandones a merced de la tormenta. Repites de nuevo: «No tengáis miedo» (Mt 28,5). Y nosotros, junto con Pedro, “descargamos en ti todo nuestro agobio, porque Tú nos cuidas” (cf. 1 P 5,7).

miércoles, 25 de marzo de 2020

CORONILLA A SAN MIGUEL ARCÁNGEL.

Coronilla a San Miguel Arcángel



Un día San Miguel Arcángel apareció a la devota Sierva de Dios Antonia De Astónac. El arcángel le dijo a la religiosa que deseaba ser honrado mediante la recitación de nueve salutaciones. Estas nueve plegarias corresponden a los nueve coros de ángeles.
La corona consiste de un Padrenuestro y tres Ave Marías en honor de cada coro angelical.

Promesas
A los que practican esta devoción en su honor, San Miguel promete grandes bendiciones: Enviar un ángel de cada coro angelical para acompañar a los devotos a la hora de la Santa Comunión. Además, a los que recitasen estas nueve salutaciones todos los días, les asegura que disfrutarán de su asistencia continua. Es decir, durante esta vida y también después de la muerte. Aun mas, serán acompañados de todos los ángeles y con todos sus seres queridos, parientes y familiares serán librados del Purgatorio.





+ En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.


Se comienza la Corona rezando, la siguiente invocación:

Dios mío, ven en mi auxilio.
Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre


1. Todopoderoso y eterno Dios, por la intercesión de San Miguel Arcángel y del coro celestial de los Serafines, enciende en nuestros corazones la llama de la perfecta caridad. Amén.

1 Padre Nuestro y 3 Avemarías


2. Todopoderoso y eterno Dios, por la intercesión de San Miguel Arcángel y del coro celestial de los Querubines, dígnate darnos tu gracia para que cada día aborrezcamos más el pecado y corramos con mayor decisión por el camino de la santidad. Amén.

1 Padre Nuestro y 3 Avemarías


3. Todopoderoso y eterno Dios, por la intercesión de San Miguel Arcángel y del coro celestial de los Tronos, derrama en nuestras almas el espíritu de la verdadera humildad. Amén.

1 Padre Nuestro y 3 Avemarías


4. Todopoderoso y eterno Dios, por la intercesión de San Miguel Arcángel y del coro celestial de las Dominaciones, danos señorío sobre nuestros sentidos de modo que no nos dejemos dominar por las malas inclinaciones. Amén.

1 Padre Nuestro y 3 Avemarías


5. Todopoderoso y eterno Dios, por la intercesión de San Miguel Arcángel y del coro celestial de los Principados, infunde en nuestro interior el espíritu de obediencia. Amén.

1 Padre Nuestro y 3 Avemarías


6. Todopoderoso y eterno Dios, por la intercesión de San Miguel Arcángel y del coro celestial de las Potestades, dígnate proteger nuestras almas contra las asechanzas y tentaciones del demonio. Amén.

1 Padre Nuestro y 3 Avemarías


7. Todopoderoso y eterno Dios, por la intercesión de San Miguel Arcángel y del coro celestial de las Virtudes, no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal. Amén.

1 Padre Nuestro y 3 Avemarías


8. Todopoderoso y eterno Dios, por la intercesión de San Miguel Arcángel y del coro celestial de los Arcángeles, concédenos el don de la perseverancia en la fe y buenas obras de modo que podamos llegar a la gloria del cielo. Amén.

1 Padre Nuestro y 3 Avemarías


9. Todopoderoso y eterno Dios, por la intercesión de San Miguel Arcángel y del coro celestial de los Ángeles, dígnate darnos la gracia de que nos custodien durante esta vida mortal y luego nos conduzcan al Paraíso. Amén.

1 Padre Nuestro y 3 Avemarías


Se reza un Padre Nuestro en honor de cada uno de los siguientes ángeles:

En honor a San Miguel...
Padre Nuestro

En honor a San Gabriel...
Padre Nuestro

En honor a San Rafael...
Padre Nuestro

En honor a nuestro ángel de la Guarda...
Padre Nuestro

Glorioso San Miguel, caudillo y príncipe de los ejércitos celestiales, fiel custodio de las almas, vencedor de los espíritus rebeldes, familiar de la casa de Dios, admirable guía después de Jesucristo, de sobrehumana excelencia y virtud, dígnate librar de todo mal a cuantos confiadamente recurrimos a ti y haz que mediante tu incomparable protección adelantemos todos los días en el santo servicio de Dios.


V. Ruega por nosotros, glorioso San Miguel, Príncipe de la Iglesia de Jesucristo.
R. Para que seamos dignos de alcanzar sus promesas.


OREMOS

Todopoderoso y Eterno Dios, que por un prodigio de tu bondad y misericordia a favor de la común salvación de los hombres, escogiste por Príncipe de tu Iglesia al gloriosísimo Arcángel San Miguel, te suplicamos nos hagas dignos de ser librados por su poderosa protección de todos nuestros enemigos de modo que en la hora de la muerte ninguno de ellos logre perturbarnos, y podamos ser por él mismo introducidos en la mansión celestial para contemplar eternamente tu augusta y divina Majestad. Por los méritos de Jesucristo nuestro Señor.

Amén.